Por: Pastor Teodoro Díaz
Es indiscutible que Dios es el dueño absoluto de todo lo que poseemos. La Palabra declara: “Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos” (Hageo 2:8). Todo lo que tenemos proviene de Él, y cuando damos para Su obra, simplemente estamos devolviendo una parte de lo que Él nos ha confiado. Esta verdad fundamental debería despertar en nosotros un profundo sentido de responsabilidad y gratitud.
En nuestra vida cotidiana, estamos obligados a cumplir con una serie de compromisos fiscales ante el Estado. En la República Dominicana, por ejemplo, los ciudadanos pagamos varios impuestos que representan porcentajes importantes de nuestros ingresos y consumos.
A continuación, algunos de los más conocidos:
✔️ Impuesto Sobre la Renta (ISR): Aplica a personas físicas y jurídicas.
✔️ Para personas físicas, va desde un 15% hasta un 25% según el nivel de
ingreso anual.
✔️ Impuesto a la Transferencia de Bienes Industrializados y Servicios (ITBIS): Es de un 18%, aplicado a la mayoría de productos y servicios.
✔️ Impuesto a la Propiedad Inmobiliaria (IPI): Aplica un 1% anual a los inmuebles cuyo valor exceda los RD$9,520,861.00.
✔️ Impuesto Selectivo al Consumo (ISC): Varía según el producto; por ejemplo, un 20% para bebidas alcohólicas y hasta un 67% para cigarrillos.
✔️ Otros impuestos como el de circulación vehicular, el impuesto a las herencias y las tasas aduanales.
Pagamos todos estos tributos con disciplina —y, en muchos casos, sin discusión— aun cuando en muchas ocasiones no vemos reflejado ese esfuerzo económico en servicios públicos de calidad. ¿Por qué, entonces, cuesta tanto dar fielmente el diezmo y la ofrenda para la obra de Dios, cuya misión tiene consecuencias eternas?
El diezmo es una instrucción divina con profundas implicaciones espirituales y sociales. Desde el Antiguo Testamento, vemos cómo Dios estableció el diezmo como un medio para sostener el templo, a los sacerdotes, a los levitas, a los pobres y a los forasteros. En Malaquías 3:10 dice claramente: “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.”
También en Levítico 27:30 se establece: “Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová.
Algunos argumentan que el diezmo era parte exclusiva de la Ley de Moisés. Sin embargo, el principio del diezmo es anterior a la ley mosaica. Abraham dio el diezmo a Melquisedec en Génesis 14:20, mucho antes de que se promulgara la Ley. También Jacob prometió dar el diezmo a Dios en Génesis 28:22.
En el Nuevo Testamento, aunque no se impone el diezmo con la misma rigidez, se recalca el principio de dar con generosidad, alegría y responsabilidad. Jesús no abrogó el diezmo. De hecho, en Mateo 23:23, reprende a los fariseos por descuidar la justicia y la misericordia, aunque reconoce que daban el diezmo:
“Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.” Además, el apóstol Pablo exhorta: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.” (2 Corintios 9:7).
El diezmo y la ofrenda no solo son mecanismos espirituales de obediencia, sino herramientas prácticas para sostener la misión de la Iglesia. Gracias al diezmo, las congregaciones pueden:
✔️ Sostener económicamente a sus pastores y líderes.
✔️ Financiar programas misioneros locales e internacionales.
✔️ Ayudar a los más necesitados, viudas, huérfanos, y damnificados.
✔️ Construir y mantener templos, centros comunitarios y escuelas cristianas.
✔️ Evangelizar con materiales, eventos y medios de comunicación.
Cuando damos el diezmo, somos parte activa de la obra de Dios en la tierra. Mientras el Estado recauda impuestos para administrar lo terrenal, Dios nos invita a invertir en lo eterno.
Si como ciudadanos cumplimos nuestras responsabilidades fiscales ante el gobierno —aunque muchas veces no recibimos servicios de calidad—, ¿cuánto más deberíamos cumplir con nuestro deber espiritual de sostener la obra de Dios, que nos bendice no solo en lo material, sino en lo espiritual, emocional y eterno?
Con el diezmo, no perdemos, ganamos. Al obedecer, abrimos puertas de bendición. Al dar, sembramos en el Reino. Al ofrendar, imitamos a nuestro Señor, quien nos dio todo sin reservas.
En conclusión, el diezmo no es una carga, es un privilegio. No es una imposición, es una expresión de amor, fe y gratitud. La Iglesia necesita creyentes comprometidos que comprendan que dar es parte del discipulado cristiano. Así como pagamos impuestos para sostener lo temporal, demos con gozo para sostener lo eterno.
“Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35).











